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sábado, 4 de febrero de 2017

El techo de cristal del sistema de partidos dominicano

Por Patricia Báez Martínez

El artículo 50 de la Ley Electoral, modificado por la Ley 78-05, establece la forma en que han de distribuirse los fondos que otorga el Estado a los partidos políticos. El 80% de éstos se distribuye a partes iguales entre los partidos que obtuvieron el 5% o más de los votos en el proceso electoral anterior, sin importar el tope de votos obtenidos; mientras el 20% restante se distribuye de la siguiente forma: 12% entre todos los partidos que obtuvieron menos del 5% de los votos en el proceso electoral anterior y los recién reconocidos, y el 8% restante se distribuye proporcionalmente de acuerdo al porcentaje de voto obtenido por cada una de las organizaciones minoritarias en las elecciones anteriores, es decir: La élite partidaria que dirige el Congreso, mediante la Ley Electoral, sometió a los partidos minoritarios a una competencia por el voto y los recursos del Estado, de la cual los partidos mayoritarios que ella representa están exentos.

Entre los partidos mayoritarios los resultados electorales difieren, pero  la asignación pública es la misma para todos; en el caso de los partidos minoritarios las partidas públicas están condicionadas por el desempeño electoral. De este  análisis se desprende que existe una oligarquía del sistema de partidos que tiende a ponerse de acuerdo con el fin de garantizar  el bienestar y la sobrevivencia del grupo, mientras somete a los partidos minoritarios a la competencia y a un diseño democrático de la asignación de fondos públicos que debería aplicarse a todos los partidos sin distinción. 

El sistema de elección de mayoría absoluta (50 + 1) ha incidido en la elaboración de este diseño de distribución del financiamiento, toda vez que el partido con mayoría en el Congreso procura mantener “buenas relaciones” con los partidos mayoritarios hoy en desgracia (PRSC y PRD), de ahí también que la JCE haya reducido el umbral requerido para ser considerado partido mayoritario de 6 a 5% de los votos válidos emitidos, y que éstos puedan seguir accediendo a la mayor proporción de fondos públicos destinados a los partidos políticos, aunque su desempeño sea paupérrimo. 

Todos estos factores sistémicos se combinan para producir lo que hemos dado en llamar ‘el techo de cristal de los partidos políticos’ (techo de cristal es un término de uso ocasional en el mundo organizacional/empresarial y en la teoría de género).  Con el ‘techo de cristal’ el PRD, PLD y PRSC han asegurado ser por décadas los únicos integrantes del exclusivo club de los partidos mayoritarios, mientras los minoritarios (mayoritarios en cantidad) luchan por sobrevivir a ese sistema de exclusión e inequidad en el que el paternalismo y el autoritarismo se expresan conformando una estructura piramidal en la cual las organizaciones políticas con más poder dominan a las más débiles.

El PRM es un caso atípico en todos los sentidos, desde ser un partido con votación mayoritaria financiado con recursos de un partido minoritario en el recién pasado proceso electoral, hasta lograr pasar de partido minoritario a mayoritario con solo participar en una sola elección, lo que de alguna manera demuestra que es el mismo PRD, pero con otro nombre. Los dirigentes perremistas, parte de los diseñadores de ese diseño de exclusión desde el Congreso en 2005, han debido tomar el trago amargo de ser minoría, aunque rápidamente han logrado colarse en el exclusivo club de los partidos mayoritarios.


* Este escrito inicialmente fue uno de los capítulos de mi tesis para optar por el título de Maestra en Ciencias Políticas para el Desarrollo por la Universidad de Salamanca y el Iglobal, mas por recomendación del asesor metodológico fue eliminado. Por el valor que entraña, he decidido publicarlo en mi blog. El gráfico y el cuadro son también de mi autoría. Para reproducción, favor citar la fuente o lo que es lo mismo: Darme el crédito.

lunes, 15 de abril de 2013

El cuestionable triunfo de Maduro


 
Por Patricia Báez Martínez
 
El siete de octubre, cuando Hugo Chávez agradecía al pueblo venezolano su triunfo en las urnas, a su lado, ninguno de sus más cercanos colaboradores mostraba felicidad. Con el paso de los días, los rostros compungidos de aquella noche se convirtieron en la muestra más fehaciente del conocimiento del estado de salud del presidente por parte de su círculo más cercano. Pero la práctica política, en los países con acusada debilidad institucional, encuentra en la retención del Poder su mayor muestra de éxito político, sin importar que con ello se lleve de cuajo la incipiente democracia.

Antes de partir a Cuba, Chávez dejó a un presidente designado, Nicolás Maduro, y le pidió a los venezolanos apoyarle en caso de que él no regresara del predio comunista de los hermanos Castro. Tanto Maduro como Henrique Capriles contaban para este proceso electoral recién pasado con el apoyo de fuerzas extrapartido, el primero tenía a su favor todos los recursos del Estado y las instituciones de gobierno, así como al régimen cubano sirviéndole de asesor; mientras el segundo -como es lógico- fue reforzado por la diáspora venezolana contraria a Chávez, y hasta se menciona al Departamento de Estado de EE.UU.

De no ser por la manipulación del chavismo para aprovechar el duelo por la muerte de Chávez, al punto de especular con el posible envenenamiento del líder de la revolución Bolivariana, ambos contendores hubiesen competido en igualdad de condiciones. Maduro contó con el silbido de un pajarito que no tuvo Capriles, pero no solo eso, la derecha venezolana no mostró arrepentimiento por las décadas de gobierno en las que solo se interesó por lucrarse a costa del petróleo, mientras la mayoría de los venezolanos vivía por debajo del umbral de pobreza.

El desempeño de Maduro es cuestionable. El esfuerzo, los recursos y el abuso de poder no se corresponden con los resultados. Algunos atribuyen la diferencia de menos de un 1 % entre los dos contendientes -con el 99.12 % de los votos escrutados- a que Maduro no tiene el genio de Chávez, eso es más que evidente: Es más cómodo y productivo -a mediano y largo plazo- ser uno mismo, que fingir y copiar el estilo de otro, sin embargo, Maduro necesitaba del genio de Chávez para ya. Y esa falta de carácter y carisma no sólo le hizo perder apoyo dentro del chavismo, sino que no logró convencer a los abstencionistas. En el análisis, no se puede dejar de lado el desgate del chavismo en momentos en que los desaciertos en el manejo de los recursos del Estado y la economía quedaron al descubierto en pleno proceso electoral.

Nicolás Maduro es el presidente de Venezuela. Ninguna auditoría cambia los resultados de un proceso electoral, máxime si fue fraudulento y si la revisión es con el mismo CNE como árbitro; no existe ni la más mínima garantía de imparcialidad. Ante este panorama, sólo les queda a los venezolanos aprender a hacer limonada: El chavismo debe hacer todo lo posible para unificar a la nación, y la derecha debe demostrar a los venezolanos de abajo que en un eventual gobierno suyo no perderán los “derechos adquiridos” con Chávez, como son los derechos a la salud, la alimentación y un techo digno. ¡Capriles, váyase en paz!

Poner las barbas en remojo

Cuando un sistema de partidos está polarizado y atomizado, y además uno de los dos partidos o grupos de partidos se yergue en el descrédito, el escenario es propicio para que el partido que se haga con el Poder use los recursos del Estado para mantenerse siempre arriba, porque arriba es muy bueno. Esto pasa en Venezuala y por ese mismo camino va el sistema de partidos en República Dominicana con un PLD que usa el Poder para mantener la fidelidad de decenas de ventorrillos políticos que le garantizan llevarle la ventaja al PRD en cada proceso electoral, y un partido opositor desmembrado y confundido, tan confundido que ha elegido como líder del proceso de reestructuración a un político controvertido , generador de una gran tasa de rechazo a lo externo del partido, en detrimento del liderazgo menos viejo y con menos mácula. No es lo mismo copiar la estrategia política del continuismo y aplicar una política social empobrecedora, pues el resultado es una bomba de tiempo.
 
@pbaezperiodista