
No he evolucionado, no he avanzado nada; estoy en la misma condición de subordinación, discriminación y esclavitud que mis antepasadas trasplantadas desde el África.
No importa que haya alcanzado el derecho al voto, que pudiera entrar a la universidad, que ahora pueda divorciarme, que se me expidiera una cédula de identidad y electoral, una licencia de conducir…sigo siendo una ciudadana de segunda o tercera categoría.
No importa que sea económicamente activa, que aporte al fisco igual o más que mi padre, que mi esposo, que mi hermano -los ciudadanos de primera categoría-, eso no me hace merecedora de opinar ni decidir sobre mi propio cuerpo.
No importa que me haya cuidado y que -estando planificada-, quedara embarazada. Tendré que traer esa criatura al mundo, aunque eso signifique retraso en mis aspiraciones labores, interrupción de mis estudios, crisis familiar y económica, stress post parto. ¿A quién le importa?
No importa cuántos títulos tenga acumulados: licenciada, diplomada, especialista, doctora; sólo soy una cifra a tomar en cuenta para las estadísticas frías, mis aspiraciones, sueños y anhelos no importan.
No importa que sea atea, agnóstica, protestante, musulmana, la Iglesia Católica rige mi vida.
No importa el que haya sido violada, por mi padre, otro familiar o un desconocido, y esté embarazada, da igual, pues tendré que traer al mundo el fruto indeseado de ese acto violento que lacera mi vida.
No importa que tenga otros hijos, mi pareja, la posibilidad de ser madre en el futuro; si enfermo de eclampsia severa, mi médico –a quien le he depositado toda mi confianza- deberá dejarme morir, so pena de ser juzgado, condenado y encarcelado.
No importa si me dicen que mi hijo padece anencefalia, deformación o enfermedad congénita, tendré que traerlo al mundo con todas sus consecuencias. La muerte prematura y el compromiso de por vida con un hijo que no responderá como un niño normal; cambiando mi existencia y disminuyendo mi calidad de vida.
No importa si soy una menor edad, sin experiencia, incauta, que ha sido embaucada por hombres como el presidente de Paraguay, de los que aquí hay por montones: debo ser madre y enfrentar, entre otras cosas, una maternidad precoz y con eso, sus consecuencias.
Soy la “eterna menor”, la niña que aún no puede decidir, el receptáculo del semen de cualquier hombre, la portadora de su semilla, la criadora, la responsable de la descomposición social ¿Cuánto más voy a pagar por ser mujer?
Por qué le temen tanto a mi sexo, si no mata como en cambio lo hace el machismo. La envidia del hombre por no poder ser madre, por estar incapacitado para gestar la vida, no puede ser la base sobre la cual la sociedad legisle, castigándome por mi inherente diferencia biológica, moral y espiritual.
¿Por qué tú, legislador y legisladora dominicana, me quieres esclavizar a través de mi cuerpo, de la maternidad: un acto que consta de dos? ¿A cuántos hombres dominicanos les gusta usar el preservativo? ¿Cuántos abortos clandestinos no se producirán ahora o cuántos hijos no planificados e indeseados llegarán a este hermoso país de playas y cocotales paradisíacos?
No soy nada, no soy nadie.
No tengo un Presidente, tampoco legisladores.
No esperen nada de mí, sólo resentimiento y apatía.
Estoy en franca rebeldía
¿Me acompañas?
Pintura de: Adela Casado.